Nos platicó mi mamá, que en uno de los muchos ranchos que conocieron, - mi abuelo siguió de andariego, llevando con el a su familia por todos esos caminos-se hablaba de la existencia de una bruja, que acostumbraba chupar la sangre de los bebés, durante algunos días hasta que el pequeñito moría.
Dice también, que a ellos les tocó ver a uno de estos niños. Platica que los taloncitos del niño presentaban las huellas de la succión del vital líquido y que la mamá asustada lloraba, sabiendo que la bruja volvería esa noche y las siguientes hasta que el niño muriera.
Mi abuelito Venancio, bronco y malhablado gritó en medio del jacal- ¡pin$% bruja, ven a chuparme las nalgas a mí!
Nunca lo hubiera dicho. A la mañana siguiente, efectivamente, en las posaderas de mi abuelo, estaba la clara huella de la visita nocturna de la susodicha.
Dice mi mamá que antes de que anocheciera, salieron del pueblo aquel sin voltear siquiera.
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