sábado, 20 de abril de 2013

La llorona del Acueducto Colonial.

Vivíamos en un barrio muy pobre, oscuro a más no poder en las calles paralelas al Antiguo Acueducto Colonial, las luces mercuriales estaban en las avenidas, bastante retiradas de nuestras calles de tierra.
Las sombras eran cotidianas en nuestros días y noches de juegos. Todos los niños del barrio sabían de fantasmas, y los asesinos, roba chicos y violadores estaban muy lejos de nuestra colonia militar. Jugábamos hasta tarde, pero siempre cerca de nuestras casas y al amparo de la luz amarillenta de un foco de pocos watts. Evadíamos la oscuridad sin que nadie tuviera que advertirnos y a determinada hora todos nos retirábamos a nuestras casitas al cobijo de nuestras familias.
Después de las doce de la noche pocos se atrevían a deambular por las oscuras callecitas, solo la necesidad o las copas de más te daban el valor para atravesar las sombras.
Todos sabíamos de la llorona, llegamos a oír su lamento en las oscuras noches de viento. La blanca figura, transparente como un jirón de tul, recorría la acequia a todo lo largo frente a mi casa hasta el remolino, una especie de pileta donde se concentraba y filtraba el agua que diariamente recorría la antigua construcción de piedra. Ahí, en esa pileta desaparecía la figura gimiente, y su lamento parecía desvanecerse poco a poco hasta desaparecer

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